Pero Watchmen forma parte de la excepción. Entre otras cosas, porque no habla de superhéroes, sino de hombres y mujeres que un buen día deciden ponerse un disfraz y lanzarse a perseguir criminales. ¿Cómo serían unos personajes así? Esa es la pregunta que trata de responder Alan Moore. A finales de los treinta, cuando empiezan a dibujarse las primeras historietas, algunas personajes deciden imitarlos en la vida real. Utilizan máscaras y disfraces estrafalarios, para afrontar un cometido con más superficie que sustancia. Unos pocos los idolatran, muchos los ridiculizan, y la mayoría los ignoran. Son la primera manifestación del freak, siempre llamativo al primer golpe de vista, pero que nunca consigue quedarse en la memoria. Después llegaría una segunda generación, cuando los tiempos eran menos inocentes, y la paciencia del público mucho más finita. Los locos disfrazados generan rechazo y temores, y se aprueba una ley para proscribirlos. Los héroes se resignan a sus trabajos ordinarios, al michelín y el anonimato, sin más consuelo que sus propias memorias.
Sólo uno, Rorschach, permanece activo y fiel a sus valores. Entre otras cosas, porque ha dado la espalda a la sociedad, y ya no la reconoce como propia. Es el primer personaje que nos encontramos en la historia. Uno de sus compañeros acaba de ser asesinado y Rorschach quiere encontrar al culpable. De fondo, se configura un escenario bastante más oscuro. Estamos en un año 1985 en el que gobierna Nixon, y la guerra nuclear con Rusia es inminente. En un mundo ideal, en ese mundo que suele dibujarse en los cómics, se haría necesaria la intervención de los superhéroes para salvar el día. Pero en Watchmen las cosas no son tan simples.
Porque Watchmen es una demolición meticulosa del mito enmascarado. Todos ellos, son tan oscuros o temibles como los males que pretenden combatir. Muchos asumieron su fracaso y buscaron su hueco en la sociedad, con más o menos éxito (impagable la figura de Ozymandias, que comercializa figuritas de acción de sí mismo). Otros, incapaces de encontrar otro estímulo para enderezar sus vidas, mantuvieron la lucha con una persistencia casi neurótica. Ninguno es idolatrado por los masas, salvo por los medios de comunicación más reaccionarios, y se limitan a engordar las contradicciones de un mundo al borde del desastre.
El único personaje de Watchmen con auténticos poderes sobrenaturales, está muy lejos del ideal marcado por los grandes clásicos. Ni se pone capa, ni salva jovencitas para recibir el aplauso de masas enfervorecidas. Es utilizado como arma disuasoria por el gobierno estadounidense y, por lo tanto, se convierte en uno de los grandes horrores que amenazan al planeta. Además, el ostentar poderes sobrehumanos le han obligado a cortar casi todos los lazos que le ataban a nuestra especie. Para él, somos como insectos: insignificantes e incomprensibles, y no le importan en absoluto nuestra penas, aunque trate de fingir que sigue siendo humano e incluso mantenga relaciones íntimas con otro personaje.
Con esa base, Moore configura un universo de varias dimensiones, que sería imposible analizar aquí con detenimiento. Una primera lectura afecta al significado del héroe y cual debe ser su significado. Pero también hay miradas al conjunto de la sociedad y a sus grandes sombras. A eso ayuda el material gráfico, pero también los textos que cierran cada capítulo. Por ejemplo, se nos ofrece la supuesta autobiografía de uno de los personajes, contándonos cómo y porqué decidió ponerse un disfraz para cazar delincuentes (escrito, además, con franca brillantez), o incluso artículos periodísticos donde se opina sobre el fenómeno.
El dibujo se me antoja bastante clásico y ortodoxo, como esos viejos cómics de la Marvel que yo hojeaba en los quioscos cuando era niño. Dado que Watchmen es de aquella época, no sé si se limitó a seguir la tendencia, pero me inclino a pensar que fue intencionado. El dibujante no quería establecer diferencias con el cómic de superhéroes tradicional mediante el uso del estilo. Eso hubiera sido demasiado burdo. Es en el desarrollo de la trama donde encontramos la verdadera naturaleza de esta obra, sin necesidad de añadirle ningún artificio.
La historia, de la que no me atrevo a revelar mucho (lo ideal sería abrilo sin saber nada), es muy sencilla de seguir, aunque la refuercen elementos que exigen una lectura cuidadosa (como el capítulo donde se nos explica la compleja percepción del tiempo en la que vive el Dr. Manhatan). Es una lectura amena, que puede hacerse de un tirón si, como yo, se dispone de las existencias suficientes de café. Su gran mérito, es ofrecer una tremenda densidad en esa estructura tan elegante. Muchas acciones, sobre todo el desenlace, tienen un significado simbólico y admiten muchas interpretaciones válidas, sobre todo si se presta atención a los textos que acompañan al cómic.
Todos sabemos que la expresión "obra maestra" se aplica muy a la ligera, sobre todo cuando se pretende defender una obra escrita de las garras de los guionistas de Hollywood (como ha ocurrido). Así que no diremos que no usaremos esa etiqueta. Diremos, en cambio, que es cómic que deberíamos regalar a una persona que nunca se ha acercado a este mundo, porque considera que no tiene nada que ofrecerle o anda cargado de prejuicios.
Y señalaremos su único defecto para terminar: después de leerlo, los demás cómics parecen más tristes y menos interesantes.



